La juma de ayer. Cuando la farra no para

Rumba, alcohol, música con mis amigos. Algunas veces se descontrola y no paramos. No sabemos que el consumo extendido en el tiempo, de niveles regulares de alcohol, merma la salud de nuestro organismo rápidamente. En cuatro publicaciones y con la canción de Henri Fiol de fondo, hablemos de alcohol.

Alcohólicos Anónimos. ¡Que terapia!

En un salón del segundo piso de una antigua casa en el centro de Neiva, se reúne uno de los grupos de Alcohólicos Anónimos de la ciudad.

Con una llamada contándole que quería conocer un poco sobre qué es Alcohólicos Anónimos, acordamos con Jesús reunirnos en el salón en donde se llevan a cabo las sesiones.

 

Nos conocimos frente al edificio de la administración municipal hace unos días cuando realizaba una entrevista. Realmente no conversamos mucho en esa ocasión, pero recuerdo que me dijo que él creía muy importante acercar la información que hay sobre alcoholismo a los jóvenes.

 

Llegué bien puntual a la cita, siete de la noche. Ya los asistentes regulares estaban sentados y listos para empezar. Saludo a Jesús y me siento a su lado, todos en un gran circulo en donde no todos los asientos están ocupados, me siento intruso y me quedo quieto en la silla mirando lo que pasa y la gente que llega después, estoy expectante. Los que estamos allí, en su mayoría somos hombres que pasamos de los treinta años, de diferentes estratos y lugares de la ciudad. Ahora hay un caos incipiente en el lugar, varios de ellos notan mi presencia y comentan con los otros preguntando quién soy yo. Caigo en el lugar de nuevo cuando un hombre de unos 55 años me saluda efusivo, le respondo con una sonrisa y asiento, es un campesino vestido elegante para el domingo en su pueblo: botas de punta, pantalón café y camisa clara de manga larga, sombrero y gafas oscuras, definitivamente una pinta peculiar para la hora, pero él es tan simpático que su estilo desaparece en el paisaje. Empieza la reunión y una joven mujer coordina, ella recita unas palabras sobre Alcohólicos Anónimos, hacen una oración que llaman de la serenidad y siguen con la declaración de responsabilidad: “Yo soy responsable…

 

Se procede a hacer la lectura del día sobre un tema de importancia para el grupo, que sale del libro de cabecera. Justo después de esto, se abre la palabra a los individuos para que a través de los “compartires”, como ellos los llaman, algunos de ellos cuenten como han sido sus últimas 24 horas de sobriedad y que además reflexionen sobre el tema leído anteriormente (evitando interpretaciones, consejos y controversias) en un tiempo que no supere los diez minutos y que de forma bien sutil la coordinadora da por terminados con un suave tilín de campana.

 

En general en ese momento se escuchan agradecimientos y la importancia que tiene el mensaje de la lectura para A.A. y para quienes comparten ese espacio. Hay un joven que esta feliz por su nueva vida, como él le llama a llevar cuatro meses sin consumir alcohol. Otro se pregunta qué hacer cuando llega la noche y le dan ganas de salir para matar la soledad, pero: “aquí casi todo plan después de las seis gira alrededor del trago”, dice. El joven médico menciona que estar aquí lo aterriza después de pasar su turno caminando un metro por encima de los otros al ser llamado “doctor”. La señora de 37 años con hijos pequeños, que después de tres años de sobriedad y ningún consumo de perico, ahora prepara el desayuno sin falta todos los días y sin guayabo. Es el turno del hombre de botas, que huyendo de mi prejuicio, me despierta con su locuacidad y amplio vocabulario, pero sin perder su acento y ese estilo campechano que hace que todos se rían mientras dice que tal vez el burro en el que iba a la escuela aprendió más que él, pues lo dejaba amarrado cerca al salón, mientras él jugaba en lugar de entrar a clases.

 

Alguien pasa frente a mi repartiendo café y agua.

 

Hora y media dura la reunión diaria y así se desarrolla, cuentan su “compartir” y este les sirve a otros, se reconocen en ellos. Allí no hay un experto o especialista que los controle o les indique que deben hacer, son los enfermos quienes encuentran solución a su padecimiento con el apoyo de otros enfermos, el espacio se mantiene con las contribuciones voluntarias de quienes asisten allí, es un espacio autogestionado en todo el sentido de la palabra, existe por afinidad entre sus miembros, su sintonía es su enfermedad y su alivio por 24 horas más es alegría y esperanza para los otros.

 

Suena la campana de nuevo, suave.

 

La coordinadora dice: “Séptima tradición, todo grupo de A.A. debe mantenerse completamente a sí mismo, negándose a recibir contribuciones de afuera”. En ese momento cada uno de los asistentes deja su aporte en un recipiente y se da por finalizada la reunión con la oración de la serenidad: “Dios , concédenos la serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, el valor para cambiar aquellas que podemos, y la sabiduría para reconocer la diferencia”. Son las ocho y treinta, camino hacia quien coordinó esta reunión mientras trato de esquivar la despedida con los otros. Llego a la mesa donde ella está, la saludo por su nombre y le pido una entrevista.

 

—Claro —me contestó—. Este es mi número.

Por: Marco Moreno Muñoz

Por: Marco Moreno Muñoz